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Discursos


Discurso del Dr. Guillermo León Escobar Herrán, Ph.D., Embajador de Colombia ante la Santa Sede y ante la Soberana Orden Militar de Malta.

EN LOS 20 AÑOS DE LA UNION JAVERIANA Universidad Javeriana, Septiembre 6 de 2001

Hemos tenido el privilegio de llegar hasta el hoy que nos congrega y saludarnos aquí hombres y mujeres de dos milenios, habitantes de dos siglos unidos por la convocación de Jesucristo y el espíritu de Ignacio y de Javier.

Estamos aquí como hijos del pasado - es cierto - pero sobre todo nos hemos congregado como padres del porvenir, porque hoy, aquí, en el amanecer de este milenio, estamos sembrando las raíces del futuro.

Y sin embargo no podemos ignorar el ayer desde donde venimos, porque de él tenemos el alma llena de sonrisas y de cicatrices. Ese ayer es el expediente de nuestros logros y de nuestros fracasos como personas y como país.

Bien recuerdo que en la época en que se fundó la Unión Javeriana - al comienzo de los años 80- fuimos sorprendidos por el profundo significado de la palabra "cambio", las jornadas del 68 nos prepararon a muchos de nosotros, anímicamente, para cambiar. Era una obsesión, un desconcierto que acompañaba un desasosiego indefinible; afloró entonces esa profunda brecha entre nosotros porque unos optaron por defender que estábamos en "una época de cambios" mientras otros nos empecinábamos en afirmar que estábamos en un "cambio de época".

Lecturas hubo, filósofos y pensadores desfilaron por nuestras conversaciones y por las enseñanzas de las aulas y círculos que frecuentábamos y si bien tuvimos razón - guiados entre otros por Jacques Attalí- los que hablábamos del "cambio de época", ninguno de nosotros imaginó siquiera - ninguno- que el momento del parto de ese mundo que esperábamos, de esa época que soñábamos se iba a producir de improviso con la caída del Muro de Berlín.

Es lógico que para los que viven la vida como una simple suma de acontecimientos, éste no sea sino algo más, digno de ser registrado, pero no entenderá toda la carga transformadora que trajo. En cambio todos los demás - ustedes y yo - sentimos que algo se rompió, que algo murió y sobre todo que con 11 años de anticipación habíamos entrado en el siglo XXI, en el Tercer Milenio. Era el año de 1989.

Esto es fundamental porque si somos capaces de comprenderlo, el "muro de Berlín" al caer, dio muerte a las ideologías, ese ropaje provisional que vestía nuestras pasiones, que hizo de unos marxistas o antimarxistas, amarillos o verdes (para no mencionar colores más conocidos entre nosotros), comunistas o anticomunistas, fundamentalistas religiosos o anarquistas indiferentes, dispuestos todos a morir y a dar muerte ya que éramos conscientes de nuestra incapacidad de optar por la vida.

El ropaje de las ideologías cayó y como los personajes del paraíso perdido, esa muerte de las ideologías dejó desnudos a quienes carecían de principios, quienes con presteza y a contracorriente de la historia tomaron de nuevo sus harapos con la disposición de seguir haciendo de la muerte de la vida ajena, la única posibilidad de retardar la muerte de la propia. Es allí en ese síndrome de la desnudez de principios donde van y vienen todavía los que tan sólo creen que la historia se escribe con violencia. Sin embargo no podemos olvidar que la época que termina es muy meritoria.

Nació por allá lejos en la historia con un hombre ignorante aún de las leyes de una naturaleza de la que dependía hasta cuando Guillermo de Ockam en el 1350 dio las primeras puntadas de un escepticismo que se convirtió en ciencia posteriormente. Galileo (1650) intérprete del cosmos desmitifica los astros; la física se independiza de la filosofía, nace el ingeniero surgido del sufrimiento del artesano y se desató el " proceso científico – técnico " que es la primera revolución de la que somos orgullosos herederos.

A ella se unió la "revolución industrial" que va a comenzar esa tarea irreversible de sustituir al hombre por la máquina. La lógica de producir y de producir siempre más se había desatado - y como no hubo discernimiento de los principios, entonces se desató - casi imperceptiblemente el Leviatán del consumismo; la cantidad hizo su aparición, las matemáticas marcaron su retorno. La mentalidad pragmática confrontó al idealismo y empezó a aparecer la ilusoria verdad de "lo que rinde" y se fue sustituyendo la pregunta del "por qué" de las cosas por aquella del "cómo" de las cosas sin que nadie se preocupara de crear un puente entre las dos. Es lo que hoy - luego de muchas catástrofes - se busca aún sin éxito.

El arribo de la revolución cultural que definirá el filósofo Kant como la certeza de la llegada a nuestra "edad adulta" abrió generosos espacios a la razón. "Ten el coraje de usar la razón" rezaba un lema de la Ilustración olvidando lo que ahora el Papa Woytila intenta reconstruir en ese nexo creador de Fe y Razón. Razón sin Fe es lo que se simboliza en el Prometeo que asombrado observa cómo - Franklin le roba el rayo al cielo como lo narra magistralmente Víctor Hugo en "La leyenda de los siglos". La razón desde su plenitud y desde su soberbia entiende que es la hora de abrir caminos al individuo - dueño absoluto de su destino - y se lanza a construir la 4ª y más difícil revolución, aquella de la democracia, convocando la insatisfacción general con los lemas de la libertad, la igualdad y la fraternidad y el punto de inicio de la temática imperativa de los derechos humanos. Mucho tiempo tardaríamos en descubrir que la libertad y la igualdad y la fraternidad sólo alcanzan sus dimensiones irreversibles cuando "la persona humana" es asumida en la total dimensión de su significado y desde la certeza que el ser humano no es tan sólo un simio que ha tenido éxito sino que en él se descubre la plenitud de la voluntad del Creador.

Hijos de cuatro maravillosas revoluciones no supimos mantener la cordura y fuimos sustituyendo la fe en Dios por la fe en el progreso indefinido, la religión por la pretendida certeza de que las realidades terrenas nos irán dando dadivosamente las respuesta de las que carecemos, lo sagrado fue sustituido por lo profano, la persona se redujo en sus responsabilidades frente a sus semejantes del hoy y del mañana para dar paso al individualismo, la comunidad claudicó ante la sociedad, el espíritu burgués delineó sus exigencias, el desafiante " time is money" envió al exilio la caridad y de nuevo - en su plenitud – la figura de Caín hizo su ingreso en la historia.

Estábamos preparados para el vórtice; el ser humano encontró en el hombre el peor de sus enemigos; la violencia hizo su renovada aparición; las dos guerras mundiales "cargadas de razones" convirtieron el mundo en una necrópolis. Hitler, Stalin y sus discípulos sembraron la muerte y si bien fueron vencidos no lo fue la nefasta herencia certificada de una humanidad sedienta de sangre que todo lo resuelve con la violencia y la muerte y que hace de la sangre el único expediente de heroísmo.

Superadas las razones que a la muerte aportaron el fascismo y el nazismo creamos desde la razón (convertida ya en economía y política o en economía política) ese espacio ideológico y macabro de la " guerra fría " - o mejor de la "paz caliente" - que trajo consigo la degradación de la utopía de la libertad y de la igualdad al tiempo que el desconocimiento del ideal de la fraternidad.

La Guerra Fría trae consigo el armamentismo nuclear y convencional y pone en marcha vidas jóvenes a desfilar por los abismos de la muerte. Durante el tiempo de la paz mundial los pobres han venido matándose a nombre de los ricos del mundo en los países pobres; matándose a nombre de ideólogos que no estuvieron dispuestos a poner en riesgo sus vidas.

Hasta el año de 1981 - cuando surge la Unión Javeriana - las pequeñas guerras de bajo perfil ya han cobrado más vidas que en las dos anteriores confrontaciones mundiales sumados a ellas los muertos de los campos de concentración.

Casi todos nosotros somos hijos - por ser coetáneos o contemporáneos - de esas guerras de las ideologías sin fin y sin propósito: Vietnam, Argelia, Irlanda, Israel y Palestina, Pakistán, Salvador, Nicaragua, Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Perú, Colombia, Somalia, Angola, el Kosovo, Bosnia... guerras que siguen pareciendo eternas a quienes quieren una paz del todo o nada, esa paz de los que convocan la valentía ajena frente a la muerte y no están dispuestos a entregar nada cuando lo fundamental es poder encontrarse desarmados y arrepentidos, renunciando a la violencia como hijos pródigos de la historia y de la humanidad.

Hay quien habla del siglo XX como el siglo de las ideas asesinas en el que el hombre se dedicó al saber, al consumo, al hedonismo, a la satisfacción, a la sed de todos los conocimientos menos de aquel que le era esencial para el goce legítimo de lo aprendido y su salvación como humano.
Cox en su libro "La feria de los locos" habla de ese gran desconocido que es el hombre para el hombre y de esa otra verdad que se encadena trágicamente y es el desconocimiento de Dios al cual se llega a través del conocimiento de sí mismo y de los demás, del prójimo, de esa apasionante epistemología que tiene el nombre de los otros y se concreta en amarnos como hermanos, hijos de un mismo Padre que está en nosotros y en el cielo.
De repente el ser humano del siglo XX descubrió que todo lo había ganado perdiéndose a sí mismo y perdiendo a Dios. El viejo tango "Cambalache" lo retrata con asombrosa precisión, la misma que también logra aquella novela de Alberto Moravia titulada "El aburrimiento" (La noia) que retrata la situación espiritual y muestra cómo llegamos con las naves destruídas a las costas del 3er milenio.
En efecto, hijos orgullosos del progreso hemos perdido a Dios; cambiamos la primogenitura por un plato de lentejas (agradables es cierto, llenas de comodidades y de goces, es cierto) pero que también hubiéramos podido gozar con "cierto ritmo y cierta proporción" si entendiéramos que es preciso discernir, tener prioridades y que la vida y la civilización no son el casino donde se le apuesta al "todo o nada". Que es preciso entender que cuando hablamos de valores no estamos invocando "la bolsa de valores" sino esos principios que nos permiten establecer prioridades y seguir caminando el camino que nos lleva a lograr ser lo que aún no somos: enteramente humanos.
Da dolor y duelo encontrarnos como productores y herederos de tantas riquezas en medio de tanta miseria: el rey de la creación cubre sus llagas con harapos e incapaz de mirar hacia lo alto reduce su vida a aspirar a un " tedio confortable", a huir de todo compromiso, a decir, es cierto, palabras bellas de solidaridad pero no a comprometerse solidariamente.

Todo nos aburre: el discurso del político, la palabra de Dios, las noticias, las lecturas, las reuniones de la comunidad, las conversaciones. Queremos tan sólo estar solos. Hay jolgorio pero ya no se descubre la alegría. La melancolía que reina expresa la debilidad de una generación presente desorientada ante lo que sucede, consciente de contradicciones sin par que encuentra a cada paso, generación deprimida porque no encuentra ese punto de apoyo que le dé sentido a su vida.
Muchachos hoy que son nuestros herederos como también lo fuimos de otros, ,nosotros mismos un día, que nos repiten y nos preguntan por el futuro dorado que quisimos construir y que les ofrecimos y que ahora no encuentran por ninguna parte. Y no es que nuestros sueños hayan fracasado sino que es difícil para nosotros confesar que lo que sucedió fue que le pusimos precio a nuestros sueños y encontramos un comprador inmediato.

Es así como a la desorientación de los padres se une la de los hijos; a la de los maestros la de los alumnos; a la de los dirigentes la de sus seguidores.
Sartre habló de "La náusea" y lo hizo Heidegger y lo han hecho Gandhi, Maritain, Mounier, Woytila y muchos de ustedes mismos porque hemos descubierto que el hombre renunció a la fe de Dios porque creyó que la razón, el progreso y la técnica le bastaban y ahora se ha dado cuenta de que tiene todo pero en la brevedad de su vida carece de respuestas y el Dios renunciado no está en su horizonte.

El balance entonces es trágico: a la orilla del tercer Milenio estamos de frente a gentes que desconfían de la razón o que como Schneider afirman reconocer que se ha llegado al final de las certezas.

No queda a quienes no han oído de Dios más que el asumir "el sentimiento como guía": el rechazo a las cosmovisiones, a la historia y a los grandes proyectos. Cada quien se aísla en un pequeño mundo que comparte con pocos por un tiempo y hemos de aceptar que "la eternidad" del hombre contemporáneo al estar desvinculada de Dios es de poca duración. "Te amaré eternamente", puede tener una apasionada duración de pocos meses.
Es por ello que no existen criterios morales durables ni compromisos duraderos, ni valores absolutos y ese espacio ha sido llenado por el deseo de experimentar sensaciones, de hacer de la necesidad la única norma moral y jugar a lo León de Greiff con aquella verdad de que todo no vale nada y el resto vale menos.

Permítanme ustedes que les transcriba una pequeña observación que nos hará comprender mejor la situación:

¿ Han observado ustedes con cuidado ese pequeño árbol llamado el Bonsai? Son unas plantas marcadas por una crueldad sin límites. Sus ramas de lejos hermosas son de cerca un enredijo de hilos y de alambres que a la fuerza obligan al arbolito a actuar contra su naturaleza. Cuánta nostalgia hay en esos enanos árboles que añoran las aves que aniden en sus ramas y los trinos del pájaro mañanero que canta.

Para que sea perfecto y bello el bonsái es entubado y para que se conserve dócil y pequeño, manejable y sometible se le cortan permanentemente sus raíces.

Con excepción de ustedes, de los suyos y de la gente que amen debo decir que me sobrecoge el ver tanto hombre, tanta mujer, tanto profesional, tanto religioso, tanto político bonsáis, que han renunciado a tener raíces profundas, a crecer y albergar vida; están sus ramas amarradas con un remedo de principios pero todo ello es artificial.
Hemos aceptado renunciar a la belleza de la personalidad integral para asumir la de la moda: la buena educación nos impide contradecir porque nuestro pensar debe ser el socialmente admitido; hacemos dejación de nuestra libertad en un ciego que nos lleva a caer con él en la fosa; pensamos no desde el propio esfuerzo sino desde la aceptación servil del noticiero o del medio de comunicación que nos programa el pensar y el reaccionar; optamos por defender la opinión publicada y no la opinión pública; al rechazar el heroísmo como forma de nuestra existencia decidimos ser "hombres, mujeres bonsái" que delegan gustosos su vivir. ¿Cuántas, cuántas ataduras llevamos en el alma?
¿Cómo no aceptar que el triunfo de la generación bonsái se está produciendo en todos aquellos que abdican gustosos de la tarea del vivir para sustituir el mandamiento de la alegría por el de la simple satisfacción? Esta civilización bonsái lleva el peso y el signo de la pequeñez.
Son muchos los padres, los maestros, los jefes, los dirigentes que intentan "bonsaizar" a sus dependientes y a sus seguidores y es tanta la aceptación de esa renuncia a "ser alguien" que las mayorías se bonsaizan a sí mismos porque descubren que una de las normas de la supervivencia tranquila y cómoda es la de negarse a crecer hacia la libertad.

Ahora frente a este Tercer Milenio fascinador y amenazante no tenemos otra alternativa que reconocer que el miedo que tenemos es no sólo a lo que nosotros mismos hemos creado sino a que nos sentimos incapaces de construir una alternativa diferente. Un viejo tango dice que en estas oportunidades es cuando hay que tener el valor de "inventar el coraje". Yo sé bien que cada quien es dueño de su propio miedo pero por qué no puede ser cierto que también lo es de su propio valor. Hay que comenzar poco a poco, al ritmo de cada día, humildemente, ciertos de que "sólo los monstruos nacen grandes".

La fórmula es antigua y es nueva: es preciso que volvamos a aprender a soñar, que volvamos a imaginar el mundo que queremos para nosotros y para nuestros hijos. Una vieja tonada brasileña afirma que quien sueña solo, sus sueños permanecen como sueños pero quien sueña con otro puede convertirlos en realidad.
Juntos somos capaces y esto nos lo han enseñado todas esas personas de bien que con su compromiso y testimonio han mantenido como un fuego encendida la vocación de ser testigos de una humanidad redimida y con carta de filiación divina. Hablo de Ignacio y de Xavier, de Carlos Borromeo, de Don Bosco, de Juan XXIII, del Padre Foucould, de Marianito, de Peguy , del Padre Hurtado, de Gandhi, de Ketteler, del Padre Mejía y su anhelo sindical, de Misael Pastrana, de Luis Femando Uribe, de tantos mártires, de Teresa de Calcuta, de Pablo VI y de Arrupe y de tantos y tantos testigos de esta "Compañía" y bien sé que podré hablar de muchos de ustedes que constituyen esa maravillosa excepción a la queja de mis palabras...
... Aceptemos el reto jubilar de un Papa que desde el corazón del Jubileo nos pide audacia, que llenemos del fuego de la solidaridad el mundo y que sea lo que sea, suceda lo que suceda, estemos a la defensa de la vida. No tengamos miedo a equivocamos pero pongamos todo nuestro empeño en acertar. Errar es humano pero acertar también lo es.

Veo con gran esperanza que la gente insurge pidiéndonos a las generaciones nuestras cuentas por lo que hemos hecho. La juventud reclama porque la globalización no sea una nueva frustración, un dolor más sobre la esperanza.

Duele escuchar por ejemplo la confesión de los organismos internacionales que reconocen que luego de 50 años de lucha contra la pobreza somos más pobres.

La gente de Seatle, la acción frente al G8 demandan urgentemente un contenido que oriente la fuerza de una juventud que si no encauza su dinamismo puede llegar a perfeccionar la destrucción de lo que queda.

El Papa Woytila ha invitado desde el Sínodo de América, desde la propuesta "Ecclesia in América" a la globalización de la solidaridad. Frente a un mercado sin alma es preciso plantear el liderazgo pleno de valores de quienes dirigen y orientan el mercado.
Para lograr todo esto, es preciso que nos hagamos de una manera más decidida el propósito de comprometernos con la paz. La persona humana no nació para matar, no nació para diseminar la muerte, no estamos sobre el mundo para eliminar la vida sino para protegerla.


Sólo el que ama la paz camina por el camino indicado por Dios. Matar a un hombre para defender una doctrina no es defender una doctrina, es matar un hombre. Es mejor una paz imperfecta que una guerra perfecta. El derecho a la paz es el derecho que fundamenta todos los demás derechos. Lo que más me gusta de Juan Pablo II es que su claridad proviene de su amor a Dios y a su prójimo y no tiene necesidad de explicaciones:
"La promoción del derecho a la paz asegura en cierto modo el respeto de todos los otros derechos porque favorece la construcción de una sociedad en cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones de colaboración con vistas al bien común.

La situación actual prueba sobradamente el fracaso del recurso a la violencia como medio para resolver los problemas políticos y sociales. La guerra destruye, no edifica; debilita las bases morales de la sociedad y crea ulteriores divisiones y tensiones persistentes. No obstante, las noticias continúan hablando de guerras y conflictos armados con un sinfín de víctimas. ¡Cuántas veces mis Predecesores y yo mismo hemos implorado el fin de estos horrores! Continuaré haciéndolo hasta que se comprenda que la guerra es el fracaso de todo auténtico humanismo.

Gracias a Dios, son muchos los pasos que se han dado en algunas regiones hacia la consolidación de la paz. Se debe reconocer el gran mérito de aquellos políticos decididos que tienen el valor de continuar las negociaciones incluso cuando la situación parece hacerlas imposibles".

Por qué no decirlo que desde esta perspectiva nuestro Presidente ha construido con pasión y tenacidad, con inteligencia y coraje un camino que sólo entienden hoy aquellos dotados de principios y habremos de comprender todos cuando la historia dicte su juicio. Los verdaderos hombres de Estado no reciben flores porque su destino es plantar árboles. Aristóteles afirmaba que si de algo debe sentirse orgulloso un político es de su habilidad para la conciliación.

Terminemos aquí, amigos de nuestra Universidad.

No seamos enfermos tempraneros como aquellos que aquejados de un "alzhaimer táctico" olvidan sus compromisos.
Sepamos que - como decía Roosevelt – "si no podemos siempre construir el futuro para nuestra juventud sí debemos construir una juventud para el futuro".
No seamos de aquellos que se creen mejores que los demás porque a menudo las manos limpias no provienen de la virtud sino de la carencia de compromiso.
Sepamos que debemos comprometemos con esa forma secular de las bienaventuranzas que son los derechos humanos.

La doctora Margarita Segura sabe que los enfermos de los ojos tendemos a crear metáforas para entender el problema de visión.
Me preocupa - como a Fernando Savater - esa dura enfermedad de la AMAUROSIS, esa tiniebla blanca, diferente a la tiniebla oscura de la ceguera corriente. Ceguera es ceguera pero la Amaurosis es la ceguera blanca de los que creen ser inocentes, de los que reclaman justicia social sin ser justos, de los que reclaman paz sin ser pacíficos.
"El hombre es aquel - dice Kundera - que avanza en la niebla" y nuestra responsabilidad como cristianos y como javerianos "es tener ojos cuando los otros los han perdido"

Cada quien trae a la paz lo que tiene en la conciencia; es a partir de esto desde donde debemos preguntarnos por la calidad de nuestro aporte por la paz.

¡Queridos amigos! Este mundo que ahora nace nos exige principios y valores; nos exige que desde ellos diseñemos los horizontes de nuestros sueños y nos reclama vivir con audacia, ésa que es posible al abrigo de cualquier edad y que habla de la vitalidad de nuestros testimonios.

En la basílica Vaticana levantada desde el siglo XVI hay un mosaico que se rescató de la basílica anterior derruida para dar lugar a esta obra donde concurrieron las genialidades de Miguel Angel, Bernini, Maderno, Raphael y otros. Se trata de un mosaico del Giotto que representa la idea del imperativo del señor Jesucristo: " Duc in altum": mar adentro, que ha sido este año la divisa y el leitmotiv de los mensajes pontificios.

No perdamos, amigos, la esperanza. Si las cosas no han sido mejores es porque no hemos sido mejores. La esperanza es el tema crucial que nos acerca a la política con P que no es otra cosa que el que mi prójimo tenga la certeza de no estar solo.
Demos gracias a Dios, a esta Universidad Pontificia, a esta Patria que amamos por el privilegio de vivir en esta época. Churchill afirmaba de un amigo suyo que había tenido la desgracia de ser un gran hombre en una época de pequeñeces; ésta época es grande y el único riesgo es el de ser pequeños en una época de grandes desafíos.

Tengamos en cuenta a Charles Dickens - que nos afirma - que los momentos de crisis se viven siempre en la paradoja.

Amigos míos:

¡ Es la peor de la épocas!¡ Es la mejor de las épocas!

¡ Es el tiempo de la locura!

¡ Es el tiempo de la lucidez!¡ Es el invierno de las desesperación!

¡ Es la primavera de la esperanza!

¡ No tenemos nada ante nosotros!

¡ Lo tenemos todo ante nosotros!

No desesperemos ni ahora, ni nunca " porque sólo en la noche profunda brillan las estrellas".

 

Cordialmente,
Guillermo León Escobar

 

 

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